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Estas enseñanzas de Yongey Mingyur Rinpoche exploran por qué el sufrimiento persiste incluso en sociedades prósperas y cómo el desarrollo interior, a través de la comprensión de la mente, es clave para una felicidad auténtica.

Yongey Mingyur Rinpoche..

Yongey Mingyur Rinpoche es uno de los maestros contemporáneos más conocidos del budismo tibetano, perteneciente a las tradiciones Kagyu y Nyingma. Nació en Nepal en 1975 y fue reconocido como tulkú a una edad temprana. Desde niño recibió una formación intensiva en meditación y filosofía budista bajo la guía de su padre, Tulku Urgyen Rinpoche, uno de los grandes maestros de Dzogchen y Mahāmudrā del siglo XX.

A pesar de su temprana formación, Mingyur Rinpoche ha hablado abiertamente de su experiencia personal con la ansiedad y el miedo, algo poco habitual entre maestros tradicionales. Precisamente esta vivencia directa le llevó a profundizar en la meditación como vía de transformación real del sufrimiento. Sus enseñanzas destacan por unir la experiencia contemplativa tradicional con un lenguaje accesible y un diálogo claro entre budismo y ciencia.

Es autor de varios libros ampliamente difundidos, entre ellos The Joy of Living, obra en la que se basa el contenido de este vídeo.

Las tres raíces del sufrimiento: ignorancia, apego y aversión..

El texto expone de forma clara las tres aflicciones mentales fundamentales:

  • Ignorancia: no reconocer la claridad y el potencial de la propia mente, lo que genera una visión dualista de “yo” y “otro”.

  • Apego: atribuir a objetos, personas o situaciones la capacidad de proporcionar una plenitud duradera.

  • Aversión: el rechazo y la resistencia frente a aquello que amenaza lo que deseamos conservar.

Estas tres raíces aparecen de forma sistemática en las enseñanzas budistas, tanto en los sūtras como en los comentarios posteriores. En el vídeo se muestran no como defectos personales, sino como patrones condicionados de la mente, comprensibles y transformables mediante la práctica.

Descansar la mente y el surgimiento natural de la compasión..

Una de las ideas más importantes del texto es que la compasión no se fabrica, sino que emerge de forma natural cuando la mente deja de estar atrapada en la confusión y el miedo. Al permitir que la mente descanse —sin forzar, sin corregir— las aflicciones se aquietan, del mismo modo que el barro se asienta cuando el agua permanece en reposo.

Desde esta calma surge una comprensión directa: los demás seres actúan movidos por el mismo impulso básico de buscar la felicidad y evitar el sufrimiento. Esta comprensión no es meramente intelectual, sino experiencial, y da lugar a lo que el budismo describe como una sabiduría espontánea del corazón.

«La meditación no consiste en detener los pensamientos, sino en reconocer que somos más que nuestros pensamientos y nuestras emociones.»
— Yongey Mingyur Rinpoche

Cuando todo se derrumba: Palabras sabias para momentos difíciles

¿POR QUÉ SOMOS INFELICES?

“Todos los seres sintientes tienden a actuar de maneras que no les benefician.”
Jamgön Kongtrul

Después de casi diez años enseñando en más de veinte países, he escuchado innumerables historias de personas que acudían a enseñanzas públicas o buscaban consejo personal.
Lo que más me sorprendió fue constatar que las personas que viven en lugares con gran confort material experimentan un grado de sufrimiento muy similar al de quienes viven en regiones menos desarrolladas.

La forma en que se expresa ese sufrimiento es distinta, pero su intensidad es claramente perceptible. Empecé a notarlo durante mis primeras visitas a Occidente. Al visitar grandes monumentos y obras de ingeniería, me impresionaba la genialidad y la cooperación necesarias para construirlos. Sin embargo, al llegar a los miradores, encontraba vallas y guardias destinados a impedir que la gente se suicidara saltando desde lo alto.
Me resultó profundamente triste que sociedades capaces de crear tales maravillas necesitaran medidas tan extremas para evitar actos de desesperación.

Con el tiempo observé algo más. Aunque muchas personas sonríen con facilidad, sus ojos suelen revelar insatisfacción y una cierta desesperación. Las preguntas que formulaban a menudo giraban en torno a cómo ser mejores, más fuertes, o cómo superar el rechazo hacia sí mismos.

Cuanto más viajaba, más claro se volvía que el progreso material y tecnológico no protege del dolor emocional. Cuando el desarrollo exterior supera al desarrollo interior, las personas sufren conflictos profundos sin disponer de herramientas internas para afrontarlos.
La abundancia de estímulos y distracciones externas hace que se pierda el contacto con la vida interior.

Muchas personas buscan una sensación de plenitud cambiando de restaurante, de relación o de trabajo. Durante un tiempo, la novedad resulta estimulante. Pero tarde o temprano, la emoción se desvanece.
Entonces se busca otra solución, otro lugar, otra experiencia. El problema es que todas estas soluciones son, por naturaleza, temporales.

Todos los fenómenos surgen de causas y condiciones, y por ello están sujetos al cambio. Cuando las causas que producían una experiencia de felicidad cambian, la mayoría de las personas acaba culpando a las circunstancias externas o a sí mismas. Pero la culpa solo dificulta aún más la búsqueda de la felicidad.

El problema más profundo es que la mayoría de las personas no tiene una idea clara de qué es realmente la felicidad. Como resultado, crean una y otra vez las condiciones que las conducen de nuevo a la insatisfacción que desean eliminar.

 

LOS FACTORES QUE CONDICIONAN LA MENTE

Desde la perspectiva budista, la mente surge de la interacción constante entre dos procesos fundamentales: el reconocimiento básico de lo que ocurre y los factores condicionantes que determinan nuestra respuesta.
Estos factores condicionantes son conocidos como aflicciones mentales, y todas ellas se apoyan en tres raíces principales: ignorancia, apego y aversión.

La ignorancia es la incapacidad de reconocer la claridad y el potencial de nuestra propia mente. Distorsiona la experiencia en una división entre un “yo” separado y un “otro”. Desde esta visión dualista, comenzamos a ver el mundo como algo externo y amenazante, y a nosotros mismos como pequeños, vulnerables e incompletos.

A partir de ahí surge una lucha constante por obtener aquello que creemos que nos hará felices antes de que alguien más lo consiga. Esta lucha es lo que el budismo llama samsara: el hábito de girar en círculos, persiguiendo una y otra vez las mismas experiencias, esperando resultados distintos.

El apego aparece cuando atribuimos a objetos, personas o situaciones la capacidad de proporcionarnos una plenitud duradera. Aunque algunas cosas son necesarias para la supervivencia, el problema surge cuando extendemos esa necesidad a ámbitos que no tienen que ver con ella.
El apego funciona como una adicción: la satisfacción que ofrece nunca dura, y cuanto más dependemos de ella, más difícil resulta experimentar contento.

La aversión nace del miedo a perder aquello a lo que estamos apegados o de no conseguirlo. Nos impulsa a resistir el cambio inevitable y nos mantiene en un estado constante de tensión. A nivel emocional, se manifiesta como ira o rechazo; a nivel físico, como estrés y ansiedad.

 

AFLICCIÓN U OPORTUNIDAD

Es fácil considerar estas aflicciones como defectos personales, pero hacerlo sería infravalorarnos. Nuestra capacidad emocional ha sido esencial para la supervivencia. El problema no es tener emociones, sino no comprenderlas.

Cuando empezamos a observar nuestra mente con honestidad, descubrimos que muchos patrones se repiten: en las relaciones, en el trabajo, en la forma en que buscamos descanso o reconocimiento. Esperamos que esta vez sea diferente, pero el resultado suele ser el mismo.

Afortunadamente, cuanto más familiarizados nos volvemos con nuestra vida interior, más cerca estamos de una salida. Empezamos a reconocer que el apego, la aversión, el miedo y la ansiedad no son realidades sólidas, sino fabricaciones de la mente.

Las personas que exploran sinceramente su riqueza interior desarrollan una estabilidad que no depende de las circunstancias externas. Su bienestar no proviene de posesiones, títulos o reconocimiento, sino de una mente espaciosa y relajada, capaz de mantener una felicidad básica incluso en medio de las dificultades.

Si deseas descubrir una paz duradera, necesitas aprender a descansar la mente.
Así como el agua turbia se aclara cuando se deja en reposo, cuando permitimos que la mente descanse, la ignorancia, el apego y la aversión se asientan de forma natural. Entonces se revelan la claridad, la compasión y la amplitud de nuestra verdadera naturaleza.

 

COMPASIÓN: LA SUPERVIVENCIA DE LOS MÁS AMABLES

“Una compasión inmensa surge espontáneamente hacia todos los seres sintientes que sufren como prisioneros de sus ilusiones.”
Kalu Rinpoche

Imagina que pasas toda tu vida en una pequeña habitación con una sola ventana cerrada, tan sucia que apenas deja pasar la luz. Probablemente pensarías que el mundo es un lugar oscuro y sombrío, lleno de figuras extrañas que proyectan sombras amenazantes contra el cristal.
Pero un día, por casualidad, limpias un pequeño trozo de esa ventana y un rayo de luz atraviesa el vidrio. Intrigado, sigues limpiando, y poco a poco la habitación se llena de claridad. Entonces descubres que esas figuras que te aterraban no eran monstruos, sino personas, exactamente como tú.

En realidad, no ha cambiado nada fuera. El mundo, la luz y las personas siempre estuvieron ahí. Lo único que ocurría era que tu visión estaba oscurecida.
Este momento de claridad es lo que, en la tradición budista, se conoce como el surgimiento de la compasión: el despertar de una capacidad innata para reconocer y comprender la experiencia de los demás.

 

LA BIOLOGÍA DE LA COMPASIÓN

Desde la perspectiva budista, la compasión no significa simplemente sentir lástima. El término tibetano nying-jé apunta a una expansión directa del corazón, una forma de amor sin apego y sin expectativa de recibir nada a cambio.
Es una sensación espontánea de conexión: lo que tú sientes, yo lo siento; lo que yo siento, tú lo sientes.

Biológicamente, solemos pensar que estamos programados solo para evitar amenazas y buscar nuestra propia supervivencia. Basta mirar la historia humana para encontrar innumerables ejemplos de violencia y crueldad.
Sin embargo, esa misma biología también nos ha dotado de algo más fuerte: una inclinación profunda hacia la amabilidad, el cuidado y la compasión.

A lo largo de la historia, muchas personas han arriesgado su vida para proteger a otros. En la vida cotidiana, vemos este mismo impulso en padres y madres que sacrifican tiempo, energía y recursos por el bienestar de sus hijos.
Estos actos no son excepciones extrañas: revelan que el sentido ético y la compasión forman parte de nuestra naturaleza.

Cuanto más claramente vemos la realidad, más natural se vuelve abrir el corazón. Cuando reconocemos que los demás sufren porque no ven su verdadera naturaleza, surge espontáneamente el deseo de que también ellos experimenten paz y claridad.

ESTAR DE ACUERDO EN NO ESTAR DE ACUERDO

La mayoría de los conflictos entre las personas nace de malentendidos sobre las intenciones del otro. Cada uno actúa desde su propio punto de vista, desde lo que cree que le ayudará a ser feliz o a evitar el sufrimiento.

Cuando dejamos que la compasión guíe nuestra respuesta y hacemos una pausa para escuchar con el corazón abierto, los conflictos pierden fuerza. Incluso cuando surgen desacuerdos, podemos manejarlos de un modo que no genere vencedores ni vencidos.

Una vez conocí a un amigo tibetano que vivía junto a un vecino con un perro muy agresivo. Cada vez que mi amigo salía de su casa, el perro se abalanzaba sobre él ladrando y gruñendo. Cansado, decidió tenderle una trampa para castigarlo.
Sin embargo, mientras recitaba sus oraciones diarias, llegó a un momento en el que pidió que todos los seres sintientes fueran libres del sufrimiento. Entonces se dio cuenta de que el perro también era un ser sintiente, y que al desearle daño estaba contradiciendo sus propias aspiraciones.

Al día siguiente cambió de actitud. En lugar de castigar al perro, comenzó a ofrecerle un pequeño trozo de comida cada vez que salía de casa. Al principio el perro seguía gruñendo, pero poco a poco empezó a relajarse. En pocos días, el animal dejó de atacar y comenzó a acercarse con confianza.

Mi amigo comprendió entonces algo esencial: al excluir a otro ser de la compasión, también se había e xcluido a sí mismo.

 

LA SABIDURÍA ESPONTÁNEA DEL CORAZÓN

Cuando reconocemos que todos los seres —personas, animales, incluso insectos— desean ser felices y evitar el sufrimiento, cambia nuestra manera de responder.
Si alguien actúa en contra de nuestros deseos, podemos comprender:
“Esta persona actúa así porque, como yo, quiere ser feliz y no sufrir.”

La compasión no es debilidad. Es una expresión de claridad y fortaleza interior.
Es la sabiduría espontánea del corazón, siempre presente, aunque a menudo oscurecida por el miedo, el apego o la ignorancia.

Cuando la compasión surge, no hemos creado nada nuevo.
Simplemente hemos aprendido a ver lo fuertes, lo seguros y lo conectados que siempre hemos sido.

☸ Texto leído y traducido al español por KarunaPura a partir de las enseñanzas de Yongey Mingyur Rinpoche, extraídas de su libro The Joy of Living: Unlocking the Secret and Science of HappinessPara saber más de Rinpoche visita la página de su organización.

Jordi Clement

Autor Jordi Clement

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