“Monjes, he aquí estas nueve progresivas moradas. Y, ¿cuáles son esas nueve? He aquí, monjes, recluido de los placeres sensuales, apartado de los perjudiciales estados, el monje entra y permanece en el primer jhana, el cual consiste en arrobamiento y placer nacidos de la reclusión, acompañados por el pensamiento aplicado y sostenido. Con la superación del pensamiento aplicado y sostenido, entra y permanece en el segundo jhana, que se caracteriza por la placidez interna y unificación mental, y consiste en el arrobamiento y placer nacidos de la concentración, sin el pensamiento aplicado y sostenido. Con la desaparición del arrobamiento, permanece ecuánime y—atentamente consciente y comprendiendo claramente— experimenta placer con el cuerpo; él entra y permanece en el tercer jhana, del cual los nobles declararon ‘él mora ecuánime, atento y felizmente’. Con el abandono del placer y la pena, y con la previa desaparición del gozo y el abatimiento, entra y permanece en el cuarto jhana, ni penoso ni placentero, caracterizado por la purificación y atención consciente a través de la ecuanimidad.
“Con la completa superación de las percepciones de las formas, con la desaparición de las percepciones del impacto sensorial, con la no-atención a las percepciones de la diversidad, [percibiendo] ‘el espacio es infinito’, el monje entra y permanece en la base de la infinitud del espacio. Con la completa superación de la base de la infinitud del espacio, [percibiendo] ‘la conciencia es infinita’, el monje entra y permanece en la base de la infinitud de la conciencia. Con la completa superación de la base de la infinitud de la conciencia, [percibiendo] ‘he aquí nada hay’, el monje entra y permanece en la base de la nada. Con la completa superación de la base de la nada, entra y permanece en la base de la ni-percepción-ni-no-percepción. Con la completa superación de la base de la ni-percepción-ni-no-percepción, entra y permanece en el cese de la percepción y sensación.
“Éstas son, monjes, las nueve progresivas moradas”.